Reforma protestante

 

 

EL AVIVAMIENTO CATOLICO ROMANO.

El fondo del avivamiento católico romano - Reacción papal a los esfuerzos de reforma antes de 1540 - Decisión final católica romana sobre la reforma - La sociedad de Jesús - El concilio de Trento (1545-64) - Inquisición y piedad - Compendio final.


La palabra “contrareforma” que se aplica algunas veces a la actividad de la Iglesia Católica Romana durante este período, no es completamente exacta. Es mejor llamarla sencillamente el avivamiento católico romano. Por supuesto, es cierto que la dirección tomada por la Iglesia Católica Romana obedeció a, y reaccionó contra los movimientos de reforma de Lutero y de otros. De hecho es difícil juzgar si la Iglesia Católica Romana fue herida o bendecida por el movimiento conocido como La Reforma. Los sucesos de este período puede ser que hayan salvado a la Iglesia Católica Romana de la completa decadencia interna y del provincialismo, en un tiempo en que el mundo estaba en rápida expansión. Ciertamente, sin el estímulo y la redefinición que surgieron del conflicto con los reformadores, la Iglesia Romana hubiera estado mal preparada para enfrentar lo que le esperaba en un mundo nuevo y más grande.


EL FONDO DEL AVIVAMIENTO CATOLICO ROMANO.

Movimientos Nacionales de Reforma.—
Ya se ha hecho notar que los concilios reformadores que apuntaban a la Iglesia Romana en el siglo XV fracasaron por la oposición papal. Los papas nunca jamás han tenido que tratar con concilios reformadores antagonistas como los de Pisa y Constanza. Mediante la manipulación de la constitución, de la agenda, y del método de votación, los papas han podido gobernar los subsiguientes concilios y sus decisiones.

Un nuevo mundo nació en el siglo XV. Hasta entonces las principales luchas de la Iglesia Católica Romana habían sido con su contraparte en la esfera política, el Santo Imperio Romano. El ideal de un imperio político universal estaba muriendo, sin embargo, y en su lugar vino la aparición de un fuerte espíritu nacionalista. El papado se vio forzado ahora a habérselas con estados soberanos. Francisco I (1515-47), el rey francés durante la Reforma, pudo en alto grado gobernar la iglesia y el estado en su país. Debe recordarse que después del fracaso del Concilio de Basilea, Carlos VII de Francia, junto con los nobles y el clero, promulgó en 1438 la Sanción Pragmática de Bourges, que estipulaba suficiente control estatal para impedir algunos abusos papales. Inglaterra, bajo Enrique VIII (1509-47) ejerció considerable control estatal sobre la iglesia antes de su rompimiento con Roma en 1534. Los estados alemanes, abrumados por príncipes eclesiásticos y retardados por tácticas papales divisivas, no poseían unidad política nacional y continuaron sufriendo bajo los abusos papales, observando todo el tiempo a los estados más afortunados que los que los rodeaban. No es de sorprender que la Reforma se extendiera como fuego en esta atmósfera.

Tal vez el área más significativa en la aparición de los estados nacionales fue la de España. Se desarrolló rápidamente. Se unió en 1469 por el matrimonio entre Fernando de Aragón e Isabel de Castilla, y se extendió mediante subsecuentes conquistas. Por medio de la represión de todas las fuerzas disidentes dentro de la península, y moviéndose con osadía y firmeza en la política europea, Fernando e Isabel contribuyeron para dejarle a su nieto, Carlos I, el gobierno más fuerte del Continente. Aunque no había evidencias de sublevación en España contra el control papal, la pareja soberana reconocía la necesidad de mantener la integridad del estado al tratar con la Iglesia Romana. Al asumir el control de la Iglesia Romana en su estado, Fernando e Isabel dirigieron sus esfuerzos a la purificación y fortalecimiento del clero y a mantener, tanto como fuera posible, el concepto medieval de la soberanía papal. El rey español (Carlos) se convirtió en el Santo Emperador Romano en 1519, y en la Dieta de Worms se declaró decidido a mantener las normas medievales del catolicismo romano que sus antepasados habían conocido. La historia de la Iglesia Romana durante este período se vio grandemente ensombrecida por los conflictos entre el emperador, decidido a proteger la antigua Iglesia Católica Romana y su pura doctrina, y prácticamente cualquier otro poder, incluyendo a los papas.

Preparando el camino para Carlos, y en muchos sentidos constituyendo la inspiración del tipo español de reforma, estaba Jiménez de Cisneros (1436-1517). Educado en España y en Roma, Jiménez era talentoso, consagrado, incansable e inhumano. Escogido como confesor por la reina Isabel, Jiménez fue nombrado arzobispo de Toledo y canciller de Castilla, a pesar de sus aparentemente sinceras protestas para aceptar el alto puesto. Uniendo la autoridad real y la eclesiástica, Jiménez fundó la Universidad de Alcalá (Complutum) y arregló la producción de la Políglota Cumplutense, en la que el Antiguo Testamento era impreso en hebreo, griego y latín, y el Targum de los primeros cinco libros de la Biblia, mientras que el Nuevo Testamento tenía el texto en griego y latín. Erasmo publicó su Nuevo Testamento griego en 1516, pero Jiménez ya había impreso su texto para 1515, aunque el permiso papal para su publicación demoró su aparición hasta 1520.

Jiménez ordenó que todos los mahometanos de España, que se habían asentado allí después que Carlos Martel los había hecho retroceder de Francia en 732, se volvieran cristianos o fueran desterrados. Además, la rígida disciplina de Jiménez se dice que lo indujo a echar de España a un millar de monjes, antes de su muerte en 1517. Su celo inspiró un avivamiento teológico y complementó la obra de Torquemada en la observancia de la Inquisición, que la corona había empezado en 1480. De esta manera España ya había instituido un tipo de reforma de la Iglesia Romana en los últimos años del siglo XV, pero era principalmente un movimiento nacionalista, fuertemente medieval e intolerante. Ningún movimiento de reforma protestante empezó o sobrevivió en este reino durante el período de reforma.

El Humanismo y la Iglesia Romana.—
Otro factor que afectó la Iglesia Católica Romana en su relación con el movimiento de reforma fue la obra de los humanistas. Escudriñando, como ellos lo hicieron en los escritos antiguos, tanto cristianos como clásicos, estos hombres vieron la gran diferencia entre el movimiento cristiano primitivo y la Iglesia Romana contemporánea. Puede haber poca duda de que los humanistas de todos los países prepararon el camino para la reforma protestante. Algunos de ellos se le unieron; otros más permanecieron dentro del marco de la Iglesia Católica Romana y se atrevieron a instarla a dirigirse a la eliminación de los abusos y la superstición. Desiderio Erasmo de Rotterdam (1466-1536), indudablemente el humanista sobresaliente del Continente, realmente sugirió un plan para la clase apropiada de reforma. Por años él había estado atacando las leyendas supersticiosas del catolicismo romano contemporáneo, y sus escritos se parecían tanto a los de Lutero que después fue obligado a negar que él era autor de algunos de los tratados de Lutero. Erasmo quería una reforma sin violencia ni malos sentimientos. El sugería que los sacerdotes sencillamente fueran educados de la manera correcta y que entonces enseñaran a la gente un tipo puro de cristianismo. Sus esfuerzos no triunfaron. En su mayor parte, el humanismo no deseaba meterse en una revolución para obtener la reforma, y aparentemente se necesitaba una revolución.

La Piedad Católica Romana y la Reforma.—
En el escalón más alto de la Iglesia Romana había un genuino interés por el fortalecimiento de la vida espiritual de ese cuerpo. En el mismo año que Lutero publicó sus tesis, un grupo de católicos italianos formó el Oratorio del Divino Amor, una sociedad de tipo devocional con el propósito de profundizar la vida espiritual y eliminar los abusos. Entre sus miembros estaba Caraffa (quien después llegó a ser el papa Pablo IV) y Sadoleto (que trató de atraer de nuevo a Ginebra al redil católico cuando Calvino fue exilado a Estrasburgo). Esta piedad, debe hacerse notar, estaba canalizada a la lealtad a la antigua institución.


REACCION PAPAL A LOS ESFUERZOS DE REFORMA ANTES DE 1540.

Los fuertes pero fallidos esfuerzos por reformar el papado mediante concilios aparentemente fueron desperdiciados. Los papas siguientes parecieron considerar el fracaso de los concilios como un voto de confianza en los métodos sin escrúpulos y en la vida descuidada de los papas anteriores, y también como una evidencia de que los abusos generales de doctrina y práctica eran de menor interés. Ya se ha mencionado la vida licenciosa de Pío 11(1458-64), Sixto IV (1471-84), y Alejandro VI (1492-1503). Julio 11(1503-13) encontró necesario convocar a un concilio general como un medio de derrotar un concilio reformador del rey de Francia y del emperador en 1510. El concilio se reunió en Roma en 1513, poco después de la muerte de Julio. Tuvo felices resultados para el papado. Los cardenales franceses que habían criticado severamente las corrupciones papales fueron pacificados. Más importante aún: en 1516 se alcanzó una nueva comprensión entre el papa León X (1513-21) y Francisco I de Francia, por la cual la Sanción Pragmática de 1438 fue abrogada y el rey y el papa consintieron en compartir las riendas eclesiásticas de Francia. Después de aprobar este acuerdo el concilio se disolvió en marzo de 1517; en octubre de ese año estalló la reforma luterana.

Aunque tardía en aparecer, una bula papal de noviembre 9 de 1518 corrigió algunos de los peores abusos. Debe recordarse que la esencia de las protestas primitivas de Lutero consistía en la negación de que las indulgencias pudieran perdonar la culpa sin arrepentimiento. Este punto cardinal fue concedido por la bula papal. También fijaba la autoridad papal como inmediata a la tierra solamente, aunque concedía considerable influencia a las peticiones del papa por las almas en el purgatorio, por los méritos de Cristo y de los santos. Esta bula no representó una concesión a Lutero ni una revisión de la doctrina católica romana. Lo contrario era lo cierto. El papa había hecho ahora explícitas declaraciones de la ortodoxia católica romana, y a menos que las atacara, Lutero sería condenado por anarquía eclesiástica tanto como por defección doctrinal. Empezaron a formarse las líneas en cada lado de la controversia. Apareció un considerable cuerpo de literatura, alguna atacando y alguna defendiendo al gobierno y doctrina católicos romanos. Hasta Enrique VIII de Inglaterra, y después Erasmo, escribieron como defensores de la fe.

El breve pontificado de Adriano VI (1522-23) hizo poco, excepto apoyar fingidamente la reforma. Clemente VII (1523-34) aprobó la tradicional costumbre de aplastar a los disidentes eclesiásticos marcándolos con hierro como herejes listos para la hoguera, y de combatir a los príncipes protestantes por el recurso de alianza política. Su juicio frecuentemente era muy pobre. Su apoyo al rey Francisco I de Francia realmente ató las manos del emperador Carlos V de España, cuando Carlos estaba dispuesto y podía matar al joven y débil movimiento luterano. La influencia del “equilibrio de poder” político de Clemente, dirigido contra los crecientes Hapsburgo durante el período crítico de la reforma, es posible que haya salvado la reforma protestante. En 1527, enojado por las tácticas de Clemente, Carlos permitió que un ejército invadiera Italia y tomara prisionero al papa, las penalidades de lo cual probablemente apresuraron la muerte de Clemente.

Su sucesor, Pablo III (1534-49), obró cuidadosamente. De entre las filas del Oratorio del Divino Amor y de otras conocidas como favorecedoras de la reforma limitada para suprimir los abusos, él nombró a varios nuevos cardenales: Caraffa, Sadoleto, Pole y Cantarino, y formó una comisión bajo su dirección para investigar e informar sobre la necesidad de una reforma. Aunque el informe de 1538 no fue inmediatamente efectivo para producir acción, la preparación del mismo y el entrenamiento dado a los hombres que pronto tendrían los puestos más altos de dirección en la Iglesia Romana, lo hicieron significativo. Muchas de las ideas de este informe fueron incluidas en la acción tomada por el Concilio de Trento.


DECISION FINAL CATOLICA ROMANA SOBRE LA REFORMA.

La Iglesia Romana vaciló brevemente. ¿Debería intentar conciliar a los luteranos o condenarlos inequívocamente? Algunos, como Contarini, al recordar el esfuerzo hecho por Felipe Melanchton en Augsburgo por reducir al mínimo las diferencias entre los puntos de vista luteranos y católicos romanos, y el plan abortivo de Felipe de Hesse por unir todos los movimientos de reforma contra la Iglesia Romana, deseaban ver si era posible lograr una comprensión que fuera satisfactoria para los dirigentes luteranos y que sin embargo no comprometiera el tradicional dogma católico. Otros, como Caraffa (que había sido educado en la reforma española), deseaban simplemente condenar a los cismáticos y organizarse para enfrentar el desafío de los evangélicos. Además, argüía este partido, ¿qué podía hacerse con los zwinglianos, los calvinistas, los anglicanos, y otros? La conciliación produciría una gran separación de la posición histórica de la iglesia Romana. Sin embargo, por presión del emperador Carlos V se tuvo una serie de conferencias: una en Hagenau en 1540, una en Worms el mismo año, y una en Regensburg en 1541. A pesar de algunos fuertes esfuerzos por obligar a un compromiso, estas conferencias no pudieron alcanzar un terreno neutral de acuerdo.

Después de la conferencia de Regensburg (Ratispon) en 1541, la Iglesia Romana puso cara de piedra a los protestantes, y nunca ha cambiado su postura de abierta y completa hostilidad contra ellos. Tomada esta decisión, el gobierno de la Iglesia Romana empezó ahora a dirigir todos sus esfuerzos a detener las incursiones del protestantismo y a poner en orden su propia casa para que pudiera hacer mejor la guerra. Una vez más, las disputas entre el papa y el emperador Carlos V salvaron a los luteranos. La guerra esmalcáldica, iniciada en 1546, resultó en las primeras derrotas para los luteranos. Después el papa tuvo una vigorosa controversia con Carlos sobre el lugar de reunión de unconcilio general que se había propuesto. Tal vez la disputa era necesaria, porque el papa pudiera no haber sido capaz de gobernar un concilio bajo la sombra de Carlos. Tal vez el papado salió tan bien como lo hubiera hecho de otra manera en el “riesgo calculado” tomado por Pablo III. Sea como fuere, los luteranos pelearon otra vez y triunfaron.

Dos movimientos ayudaron grandemente en la lucha de la Iglesia Romana con los reformadores: la aparición de la Sociedad de Jesús (más conocida familiarmente como los jesuitas) y el Concilio de Trento.


LA SOCIEDAD DE JESUS.

Ignacio de Loyola, fundador de la Sociedad de Jesús, nació en España en 1491. En la batalla de Pamplona con los franceses en 1521, fue herido tan severamente que ya no pudo seguir la carrera militar. Mientras convalecía leía leyendas sobre Francisco y Domingo, que eran descritos como soldados de Cristo. Loyola decidió convertirse en caballero de la virgen María. Después de su recuperación ingresó al monasterio dominicano de Manresa. Su profunda devoción lo llevó a peregrinar a Jerusalén en 1523. Incapaz de cumplir allí su misión como deseaba, procuró educarse y regresó a la escuela en Barcelona, a la edad de treinta y seis años, para sentarse en clase con muchachos de diez años. Hizo rápidos progresos, y en 1528 entró a la Universidad de París. Allí juntó un pequeño grupo de seguidores, entre los que estaba primeramente Francisco Javier, y en 1534 el grupo hizo votos solemnes de trabajar en Jerusalén o en cualquier parte que el papa pudiera dirigirlos.

Tres años después se inició la expedición a Jerusalén, pero por causa de la guerra de los turcos fueron detenidos en Venecia. Aquí Loyola encontró a Caraffa y atrajo la atención de Contarini. El papa Pablo III (1534-49) se impresionó con la capacidad de Loyola y con su devoción a la Iglesia Romana, y el 27 de septiembre de 1540 autorizó la Sociedad de Jesús. Originalmente se permitió sólo un número de miembros de sesenta. Dos años después se quitó esta limitación. Loyola fue escogido como primer general de la orden y tuvo ese puesto hasta su muerte en 1556.

Organización y Doctrinas.—
El gran impacto de esta nueva orden puede verse en el hecho de que cuando el Concilio de Trento se reunió, solamente cinco años después de que la sociedad fue autorizada, fueron los jesuitas los que tuvieron la parte principal en este importante concilio. Esta sociedad ha sido la avanzada de algunas de las más grandes realizaciones de la Iglesia Católica Romana. La organización tenía una simplicidad militar: un general a la cabeza, provinciales sobre distritos geográficos, y un cuidadoso sistema de reclutamiento y entrenamiento. Ya para 1522-23 Loyola había empezado a preparar una serie de ejercicios espirituales para soldados cristianos. El manual delineaba un curso de cuatro semanas: veintiocho divisiones generales con cinco meditaciones, una cada hora, que cubrían todo el drama de la redención. Los novicios debían ser probados mediante difíciles servicios por un período de dos años, y después eran promovidos para ser eruditos, educados tanto en la enseñanza eclesiástica como en la secular. El siguiente paso era el de coadjutor. Este oficio se daba a los que eran escogidos y cuidadosamente preparados para servicio particular. Incluía a maestros, sacerdotes, misioneros, escritores, conferenciantes y consejeros. Después de un servicio largo y fiel, unos cuantos coadjutores podían ser admitidos al círculo interior de la sociedad, el de los profesos, de los cuales se escogían los oficiales generales.

El entrenamiento concienzudo y las normas éticas de los jesuitas rápidamente los colocaron en lugares directivos por toda Europa. Como confesores y abogados eclesiásticos influían grandemente a los príncipes católicos en los asuntos de estado; sus escuelas, su naturaleza transigente en el confesionario, su predicación hábil, y su celo misionero, les dieron amplia adhesión. Quizás la palabra “obediencia” es la palabra más grande en el jesuitismo. Loyola escribió en su Ejercicios Espirituales:

Que podamos ser completamente de la misma opinión y de conformidad con la iglesia misma, si ella hubiera definido algo como negro y a nuestros ojos aparece blanco, debemos de la misma manera decir que es negro. Porque debemos creer sin duda, que el Espíritu de nuestro Señor Jesucristo, y el Espíritu de la Iglesia Ortodoxa, su Esposa, por cuyo Espíritu somos gobernados y dirigidos a la salvación, es el mismo...

Y además, en la Constitución, se hace la siguiente declaración:

“...Que cada uno se persuada a sí mismo de que los que viven bajo obediencia deben dejarse dirigir y gobernar por la divina providencia que obra mediante sus Superiores exactamente como si fueran un cuerpo que se sufre a sí mismo para ser dirigido y manejado en la manera que fuera; o exactamente como el bastón del anciano que sirve al que lo tiene en su mano, dondequiera y como quiera que él desea usarlo...”

Esta obediencia ciega demandaba renunciar a la conciencia individual. Otra norma moral inaceptable de los jesuitas son las doctrinas del probabilismo (cualquier proceder puede ser justificado si se encuentra una autoridad en su favor), la del intencionalismo (si la intención es buena, deben pasarse por alto otras consideraciones), la de las reservas mentales (no tiene que decirse necesariamente toda la verdad, aun bajo juramento). Hay otras dos doctrinas que se atribuyen a los jesuitas, pero han sido negadas por sus dirigentes responsables. Una es que el fin justifica los medios; si el resultado es para la mayor gloria de Dios, entonces cualquier medio usado para alcanzarlo es permitido. La otra es el asesinato de los tiranos. A pesar de las protestas de los jesuitas, hay evidencia de que estos últimos dos principios eran aceptables en el primer período de la historia de la sociedad y, de hecho, están implícitas en las primeras tres de estas normas morales.

El Progreso de la Sociedad.—
La sociedad hizo rápidos progresos en Italia, Portugal, Bélgica, y Polonia. Sus mayores victorias fueron ganadas en Alemania y Austria, donde, junto con las controversias luteranas, la Iglesia Católica Romana recuperó casi todo el territorio del sur de Alemania que la Reforma había enajenado. Las actividades de la sociedad tuvieron sólo éxito parcial en Francia hasta después de la muerte de Enrique IV (1589-1610), pero a partir de entonces los jesuitas gobernaron Francia hasta la Revolución Francesa. En Venecia, Inglaterra y Suecia, su programa no tuvo éxito de ninguna manera durante este período. Fieles al propósito original para el cual había sido fundada la sociedad, los jesuitas entraron activamente en la obra misionera. Aunque no les fue posible ir a Jerusalén, en 1542 Francisco Javier (1506-52) fue enviado a India y a Japón, donde por diez años trabajó sacrificial y heroicamente; en 1581 Mateo Ricci (1552-1610) fue a China; en 1606 Roberto de Nobili (m. 1656) se embarcó para India; y en 1685 los jesuitas empezaron a trabajar en Paraguay.


EL CONCILIO DE TRENTO (1545-64).

El Fondo del Asunto.—
La segunda gran arma de la Iglesia Romana contra el movimiento protestante fue ideada en un concilio general bien gobernado. Debe recordarse que cuando Lutero fue condenado por el papa León X, él apeló del papa a un concilio general. Tal apelación irritó a los que apoyaban al papa. Los concilios reformadores del siglo XV habían sido suprimidos solamente por medio de las acciones más temerarias y por buena fortuna, y el papa Martín V, después de su elección por el Concilio de Constanza en 1417 que terminó el terrible cisma papal, había promulgado una bula en la que condenaba a cualquier persona que apelara de una decisión del papa a un concilio general. Sin embargo, León X (1513-21) había tratado con un concilio ecuménico y tenía la confianza de que el mejor método de suprimir a Lutero sería convocar tal concilio y dejar bajo su control el reprimirlo. Su muerte en los primeros años de la reforma de Lutero impidió esta acción, y a pesar del clamor por un concilio general de todas partes, luteranos, príncipes católicos, y hasta del emperador Carlos, los papas y sus consejeros habían pensado que no era un tiempo propicio para convocar un concilio general. Pablo III (1534-49), familiarizado con las demandas de todos los grupos y confiado en que él podría gobernar un concilio general, empezó las negociaciones preliminares muy pronto después de asumir su pontificado. En esta etapa él todavía tenía esperanzas de conciliar a los protestantes, así que sus delegados conferenciaron con católicos y protestantes acerca de asistir a tal concilio. Ninguno deseaba tener un concilio en Italia, donde el papa podía gobernarlo. Dos veces el papa Pablo promulgó la convocatoria para que el concilio se reuniera en Italia, y dos veces fue ignorado. Finalmente, en conferencia con el emperador Carlos, se acordó que e! concilio se reuniera en Trento, una pequeña ciudad austriaca, y después de una demora causada por otra guerra hispano-francesa, el concilio se fijó para marzo de 1545. El emperador deseaba que este concilio uniera a Europa religiosa y políticamente, no mediante la supresión del protestantismo, sino mediante la conciliación. El papa, por su parte, había decidido para 1545 no tener participación en la conciliación de los protestantes, y esperaba que el concilio definiera y declarara la doctrina católica con el propósito de refutar y condenar a los protestantes.

Las Sesiones.— Durante los primeros dos años (1545-47) se tuvieron siete sesiones del concilio en Trento. Cuando la peste amenazó Trento, el papa Pablo ordenó que el concilio se reuniera en Bolonia, Italia, lo que produjo la hostilidad del emperador. El concilio se reunió en Trento otra vez en 1551, con algunos príncipes protestantes presentes a invitación del emperador, pero ellos vieron que el control papal de la agenda y de los comités privaba al concilio de cualquier acción autónoma, así que muy pronto se retiraron. Esta reunión del concilio terminó por otro estallido de la guerra esmalcáldica. Finalmente, después de la muerte de varios papas y un número de conquistas protestantes, el papa Pío IV (1559-65) tramitó la reapertura del concilio como un arma contra el protestantismo. En 1561 el concilio se reunió otra vez en Trento y permaneció hasta 1564, cuando terminó su trabajo, principalmente bajo la dirección jesuita.

Los Resultados.—
Los resultados del concilio muestran que el partido papal tuvo el control la mayor parte del tiempo. Ocasionalmente algunos disidentes sin trabas alzaban sus voces en relación a algunos de los problemas más fundamentales, pero la mayor parte de las veces era una completa victoria para el partido ultramontano. Las esperanzas del emperador de la unificación religiosa y política de Europa se hicieron pedazos. Pronto se retiró de su oficio. Los únicos elementos de reforma incluidos en las recomendaciones del concilio tenían el objetivo de enfrentar el desafío del protestantismo. Los sacerdotes debían conocer sus biblias y ser capaces de predicar; se ordenó un control episcopal más fuerte de las parroquias; se hicieron arreglos para mejor educación de los clérigos y para más cuidado en los nombramientos; también se hizo hincapié en la disciplina y en la moralidad. Todos estos asuntos eran un intento de obligar a la Iglesia Romana a combatir al protestantismo.

Los decretos doctrinales del concilio estaban apuntados en la misma dirección. Las doctrinas de los luteranos, los zwinglianos, los calvinistas, los anabautistas, y de otros disidentes, fueron anatematizadas específicamente. Se anunció un Canon autorizado de las Escrituras, que incluía los apócrifos del Antiguo Testamento, y la Vulgata Latina fue declarada inspirada en todas sus partes. Los siete sacramentos fueron definidos; las Escrituras y la tradición fueron combinadas como autoridad; las buenas obras fueron consideradas como ayuda para la justificación; y se reafirmó que sólo la iglesia puede interpretar la doctrina. Estas fueron medidas fortalecedoras tomadas por la iglesia.


INQUISICION Y PIEDAD.

Otros dos factores, que veían en direcciones opuestas, completaron la reacción católica romana al desafío del protestantismo. El primero fue el establecimiento en 1542 de la Inquisición Romana. Esta intensa caza de herejes no fue efectiva, excepto en Italia cuando Caraffa y Loyola, que tenían el cargo de la reorganización inquisitorial, la fortalecieron enérgicamente. Echando o destruyendo a evangélicos como Bernardino Ochino, Pietro Martire Vermigli, Caleazzo Caraccioli, Vergerio, y Aonio Paleario, la Inquisición le dio a la Iglesia Romana en Italia más libertad de disidentes que la que nunca se había conocido allí.

Al mismo tiempo hubo un avivamiento de la piedad, de tipo medieval, dentro de la Iglesia Católica Romana en España e Italia. El misticismo y el ascetismo se combinaron para hacer popular en España una experiencia de exaltación, una especie de “unión con Dios” oriental. Surgieron nuevas órdenes monacales, y se hicieron severas reformas en algunas de las órdenes antiguas. El fervor y el celo se sumaron a las armas de la Iglesia Romana en su esfuerzo por hacer frente al protestantismo.


COMPENDIO FINAL.

El siglo XVI trajo un activo avivamiento de la Iglesia Católica Romana. Indudablemente la Reforma Protestante proporcionó el estímulo de gran parte de este avivamiento. La doctrina romana fue aclarada y normada. Una poderosa orden nueva, los jesuitas, se convirtió en la tropa de asalto contra el protestantismo. Fue puesto en marcha un enérgico programa misionero. La mayor parte del territorio arrancado a la Iglesia Católica Romana por la Reforma Protestante se convirtió ahora en un nuevo campo de batalla eclesiástica por causa de la reavivada fuerza católica. De hecho, antes de 1648 la Iglesia Católica Romana había recuperado la mayor parte del territorio sur de Europa. Hablando en términos generales, esa área que una vez había sido el antiguo Imperio Romano en Europa fue retenido o recuperado por la Iglesia Romana. Este esfuerzo de la Iglesia Romana, junto con otros factores, llevó directamente a las guerras religiosas que se discutirán en el siguiente capítulo.



Compendio de la Historia Cristiana
Robert A. Baker