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LA IGLESIA ENTRE LOS GENTILES.

Visiones de Cornelio y Pedro - El Espíritu Santo sobre gentiles también - Aceptando a los gentiles convertidos - La primera iglesia gentil - Herodes y la Iglesia.


VISIONES DE CORNELIO Y PEDRO.

HECHOS 10: 1-43

Había en Cesarea cierto hombre llamado Cornelio, que era centurión de la compañía llamada la Italiana. Era piadoso y temeroso de Dios, junto con toda su casa. Hacía muchas obras de misericordia para el pueblo y oraba a Dios constantemente.

Como a la hora novena del día, él vio claramente en visión a un ángel de Dios que entró hacia él y le dijo:

— Cornelio.

Con los ojos puestos en el ángel y espantado, él dijo:

— ¿Qué hay, Señor?

Y le dijo:

— Tus oraciones y tus obras de misericordia han subido como memorial ante la presencia de Dios. Ahora, pues, envía hombres a Jope y haz venir a cierto Simón, que tiene por sobrenombre Pedro. Este se hospeda con un tal Simón, curtidor, quien tiene su casa junto al mar.

En cuanto se fue el ángel que hablaba con él, Cornelio llamó a dos de sus criados y a un soldado piadoso de entre sus asistentes, y después de haberles contado todo esto, los envió a Jope.

Al día siguiente, mientras ellos iban viajando por el camino y llegaban cerca de la ciudad, Pedro subió a la azotea para orar, como a la sexta hora. Sintió mucha hambre y deseaba comer; pero mientras preparaban la comida, le sobrevino un éxtasis.  Vio el cielo abierto y un objeto que descendía como un gran lienzo, bajado por sus cuatro extremos a la tierra.  En el lienzo había toda clase de cuadrúpedos y reptiles de la tierra y aves del cielo.  Y le vino una voz:

— Levántate, Pedro; mata y come.

Entonces Pedro dijo:

— ¡De ninguna manera, Señor! Porque ninguna cosa común o inmunda he comido jamás.

La voz volvió a él por segunda vez:

— Lo que Dios ha purificado, no lo tengas tú por común.

Esto ocurrió tres veces, y de repente el objeto fue elevado al cielo.

Mientras Pedro estaba perplejo dentro de sí acerca de lo que pudiera ser la visión que había visto, he aquí los hombres enviados por Cornelio, habiendo preguntado por la casa de Simón, llegaron a la puerta. Entonces llamaron y preguntaron si un Simón que tenía por sobrenombre Pedro se hospedaba allí. Como Pedro seguía meditando en la visión, el Espíritu le dijo: “He aquí, tres hombres te buscan. Levántate, pues, y baja. No dudes de ir con ellos, porque yo los he enviado”.

Entonces Pedro bajó para recibir a los hombres y dijo:

— Heme aquí. Yo soy el que buscáis. ¿Cuál es la causa por la que habéis venido?.

Ellos dijeron:

— Cornelio, un centurión, hombre justo y temeroso de Dios, como bien lo testifica toda la nación de los judíos, ha recibido instrucciones en una revelación por medio de un santo ángel, para hacerte venir a su casa y oír tus palabras.

Entonces les hizo entrar y los alojó. Al día siguiente, se levantó y fue con ellos. También le acompañaron algunos de los hermanos de Jope.

Al día siguiente, entraron en Cesarea. Cornelio los estaba esperando, habiendo invitado a sus parientes y a sus amigos más íntimos. Cuando Pedro iba a entrar, Cornelio salió para recibirle, se postró a sus pies y le adoró. Pero Pedro le levantó diciendo:

— ¡Levántate! Yo mismo también soy hombre.

Mientras hablaba con él, entró y halló que muchos se habían reunido. Y les dijo:

— Vosotros sabéis cuán indebido le es a un hombre judío juntarse o acercarse a un extranjero, pero Dios me ha mostrado que a ningún hombre llame común o inmundo.  Por esto, al ser llamado, vine sin poner objeciones. Así que pregunto:

— ¿Por qué razón mandasteis por mí?.

Entonces dijo Cornelio:

— Hace cuatro días como a esta hora, la hora novena, yo estaba orando en mi casa. Y he aquí, un hombre en vestiduras resplandecientes se puso de pie delante de mí y dijo: “Cornelio, tu oración ha sido atendida, y tus obras de misericordia han sido recordadas ante la presencia de Dios. Envía, por tanto, a Jope y haz venir a Simón, que tiene por sobrenombre Pedro. El está alojado en casa de Simón el curtidor, junto al mar”. Así que, inmediatamente envié a ti; y tú has hecho bien en venir. Ahora, pues, todos nosotros estamos aquí en la presencia de Dios, para oír todo lo que el Señor te ha mandado.

Entonces Pedro, abriendo su boca, dijo:

— De veras, me doy cuenta de que Dios no hace distinción de personas, sino que en toda nación le es acepto el que le teme y obra justicia. Dios ha enviado un mensaje a los hijos de Israel, anunciando las buenas nuevas de la paz por medio de Jesucristo. El es el Señor de todos. Vosotros sabéis el mensaje que ha sido divulgado por toda Judea, comenzando desde Galilea, después del bautismo que predicó Juan. Me refiero a Jesús de Nazaret, y a cómo Dios le ungió con el Espíritu Santo y con poder. El anduvo haciendo el bien y sanando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él. Y nosotros somos testigos de todas las cosas que él hizo, tanto en la región de Judea como en Jerusalén. A él le mataron colgándole sobre un madero, pero Dios le levantó al tercer día e hizo que apareciera, no a todo el pueblo, sino a los testigos que Dios había escogido de antemano, a nosotros que comimos y bebimos con él después que resucitó de entre los muertos. El nos ha mandado a predicar al pueblo y a testificar que él es el que Dios ha puesto como Juez de los vivos y de los muertos. Todos los profetas dan testimonio de él, y de que todo aquel que cree en él recibirá perdón de pecados por su nombre.


EL ESPIRITU SANTO SOBRE GENTILES TAMBIEN.

HECHOS 10: 44-48

Mientras Pedro todavía hablaba estas palabras, el Espíritu Santo cayó sobre todos los que oían la palabra. Y los creyentes de la circuncisión que habían venido con Pedro quedaron asombrados, porque el don del Espíritu Santo fue derramado también sobre los gentiles; pues les oían hablar en lenguas y glorificar a Dios. Entonces Pedro respondió:

— ¿Acaso puede alguno negar el agua, para que no sean bautizados estos que han recibido el Espíritu Santo, igual que nosotros?

Y les mandó que fueran bautizados en el nombre de Jesucristo. Entonces le rogaron que se quedara por algunos días.


ACEPTANDO A LOS GENTILES CONVERTIDOS.

HECHOS 11: 1-18

Los apóstoles y los hermanos que estaban en Judea oyeron que también los gentiles habían recibido la palabra de Dios. Y cuando Pedro subió a Jerusalén, contendían contra él los que eran de la circuncisión, diciendo:

— ¡Entraste en casa de hombres incircuncisos y comiste con ellos!

Entonces Pedro comenzó a contarles en orden, diciendo:

— Yo estaba orando en la ciudad de Jope, y vi en éxtasis una visión: un objeto que descendía como un gran lienzo, bajado del cielo por sus cuatro extremos, y llegó a donde yo estaba. Cuando fijé la vista en él, observé y vi cuadrúpedos de la tierra, fieras y reptiles, y aves del cielo.  Luego oí también una voz que me decía: “Levántate, Pedro; mata y come”.  Pero yo dije: “¡De ninguna manera, Señor! Porque jamás ha entrado en mi boca ninguna cosa común o inmunda”. Entonces respondió la voz del cielo por segunda vez: “Lo que Dios ha purificado no lo tengas tú por común”.  Esto ocurrió tres veces, y todo volvió a ser retirado al cielo. Y he aquí llegaron en seguida tres hombres a la casa donde estábamos, enviados a mí desde Cesarea; y el Espíritu me dijo que fuese con ellos sin dudar. Fueron también conmigo estos seis hermanos, y entramos en casa del hombre. El nos contó cómo había visto en su casa un ángel que se puso de pie y le dijo: “Envía a Jope y haz venir a Simón, que tiene por sobrenombre Pedro. El te hablará palabras por las cuales serás salvo tú, y toda tu casa”. Cuando comencé a hablar, el Espíritu Santo cayó sobre ellos también, como sobre nosotros al principio. Entonces me acordé del dicho del Señor, cuando decía: “Juan ciertamente bautizó en agua, pero vosotros seréis bautizados en el Espíritu Santo”. Así que, si Dios les dio el mismo don también a ellos, como a nosotros que hemos creído en el Señor Jesucristo, ¿quién era yo para poder resistir a Dios?

Al oír estas cosas, se calmaron y glorificaron a Dios diciendo:

— ¡Así que también a los gentiles Dios ha dado arrepentimiento para vida!.


LA PRIMERA IGLESIA GENTIL.

HECHOS 11: 19-30

Entre tanto, los que habían sido esparcidos a causa de la tribulación que sobrevino en tiempos de Esteban fueron hasta Fenicia, Chipre y Antioquía, sin comunicar la palabra a nadie, excepto sólo a los judíos.

Pero entre ellos había unos hombres de Chipre y de Cirene, quienes entraron en Antioquía y hablaron a los griegos anunciándoles las buenas nuevas de que Jesús es el Señor. La mano del Señor estaba con ellos, y un gran número que creyó se convirtió al Señor.

Llegaron noticias de estas cosas a oídos de la iglesia que estaba en Jerusalén, y enviaron a Bernabé para que fuese hasta Antioquía. Cuando él llegó y vio la gracia de Dios, se regocijó y exhortó a todos a que con corazón firme permaneciesen en el Señor; porque Bernabé era hombre bueno y estaba lleno del Espíritu Santo y de fe. Y mucha gente fue agregada al Señor.

Después partió Bernabé a Tarso para buscar a Saulo, y cuando le encontró, le llevó a Antioquía. Y sucedió que se reunieron todo un año con la iglesia y enseñaron a mucha gente. Y los discípulos fueron llamados cristianos por primera vez en Antioquía.

En aquellos días descendieron unos profetas de Jerusalén a Antioquía. Y se levantó uno de ellos, que se llamaba Agabo, y dio a entender por el Espíritu que iba a ocurrir una gran hambre en toda la tierra habitada. (Esto sucedió en tiempos de Claudio). Entonces los discípulos, cada uno conforme a lo que tenía, determinaron enviar una ofrenda para ministrar a los hermanos que habitaban en Judea. Y lo hicieron, enviándolo a los ancianos por mano de Bernabé y de Saulo.


HERODES Y LA IGLESIA.

HECHOS 12

Entonces, por aquel tiempo, el rey Herodes echó mano de algunos de la iglesia para maltratarlos.  Y a Jacobo, el hermano de Juan, lo hizo matar a espada. Al ver que esto había agradado a los judíos, procedió a prender también a Pedro.

Eran entonces los días de los panes sin levadura.  Cuando le tomó preso, le puso en la cárcel, entregándole a la custodia de cuatro escuadras de cuatro soldados cada una, con la intención de sacarle al pueblo después de la Pascua.  Así que Pedro estaba bajo guardia en la cárcel, pero la iglesia sin cesar hacía oración a Dios por él.

Cuando Herodes iba a sacarlo, aquella misma noche Pedro estaba durmiendo entre dos soldados, atado con dos cadenas, y los guardias delante de la puerta vigilaban la cárcel. Y he aquí se presentó un ángel del Señor, y una luz resplandeció en la celda. Despertó a Pedro dándole un golpe en el costado y le dijo:

— ¡Levántate pronto!

Y las cadenas se le cayeron de las manos.  Entonces le dijo el ángel:

— Cíñete y ata tus sandalias.

Y así lo hizo. Luego le dijo:

— Envuélvete en tu manto y sígueme.

Y habiendo salido, le seguía y no comprendía que lo que hacía el ángel era realidad. Más bien, le parecía que veía una visión.  Cuando habían pasado la primera y la segunda guardia, llegaron a la puerta de hierro que daba a la ciudad, la cual se les abrió por sí misma. Cuando habían salido, avanzaron por una calle, y de repente el ángel se apartó de él.  Entonces Pedro, al volver en sí, dijo: “Ahora entiendo realmente que el Señor ha enviado su ángel y me ha librado de la mano de Herodes y de toda la expectación del pueblo judío”.

Cuando se dio cuenta de esto, fue a la casa de María, la madre de Juan que tenía por sobrenombre Marcos, donde muchos estaban congregados y orando. Cuando Pedro tocó a la puerta de la entrada, una muchacha llamada Rode salió para responder.  Cuando ella reconoció la voz de Pedro, de puro gozo no abrió la puerta, sino que corrió adentro y anunció que Pedro estaba ante la puerta. Ellos le dijeron:

— ¡Estás loca!

Pero ella insistía en que así era. Entonces ellos decían:

— ¡Es su ángel!

Mientras tanto, Pedro persistía en tocar; y cuando abrieron, le vieron y se asombraron.  Con la mano Pedro les hizo señal de guardar silencio y les contó cómo el Señor le había sacado de la cárcel. Luego dijo:


Haced saber esto a Jacobo y a los hermanos.

Y saliendo se fue a otro lugar.  Cuando se hizo de día, hubo un alboroto no pequeño entre los soldados sobre qué habría pasado con Pedro. Pero Herodes, como le buscó y no le halló, después de interrogar a los guardias, les mandó ejecutar. Después descendió de Judea a Cesarea y se quedó allí.  Herodes estaba furioso con los de Tiro y de Sidón. Pero ellos se presentaron a él de común acuerdo; y habiendo persuadido a Blasto, el camarero mayor del rey, pedían la paz, porque su región era abastecida por la del rey.

En un día señalado, Herodes, vestido de sus vestiduras reales, se sentó en el tribunal y les arengaba. Y el pueblo aclamaba diciendo: “¡Voz de un dios, y no de un hombre!” De repente le hirió un ángel del Señor, por cuanto no dio la gloria a Dios. Y murió comido de gusanos. Pero la palabra de Dios crecía y se multiplicaba.  Bernabé y Saulo volvieron de Jerusalén, una vez cumplido su encargo, tomando también consigo a Juan que tenía por sobrenombre Marcos.


Reina Valera Actualizada