Armando
Mejía G.

Cautivos

CAUTIVOS, FRÍO Y FOSA EN LA UNIDAD

         Al exponer un discurso el orador genial trata de convencer a sus oyentes. Los planes en las dirigencias espirituales, como en las seculares, estipulan un período de trabajo, un presupuesto y una producción como meta; y dos cosas es posible que sucedan: 1. Que el discurso no convenza a nadie; 2. Que la dirigencia no alcance ni un punto hacia la meta.

La unidad ha sido predicada con ardor y hasta se ha orado por ella con fervor, y la meta de la unidad ha quedado lejos, muy lejos en la inmensidad del tiempo y en kilómetros. En las esféras eclesiásticas Génesis 1:26 es la introducción monumental de la unidad, mas los ojos débiles no alcanzan a verla. De aquella escena inmemorial vuela la idea por espacios metafísicos y se percive, según la capacidad cerebral de quien la desglose. El pensamiento descansa en el decir de Dios, porque el decir de Dios, ha sido tranferido  al linaje humano.

“Hagamos”, no es pensamiento, y si no es mandamiento ejemplar de Deidades que globaliza, entonces ¿qué es? En el verbo “hagamos” se encierra la asociación de aquellas formas de vida celestial, se incluye la armonía, la acción plural, el descanso y la alegría al darse a luz un nuevo sistema de vida: el hombre. Descanso, porque mientras éste hace, aquel descansa, y cuando aquel hace, éste descansa, y al terminar hay que celebrar, y para celebrar hay que congregar, por tanto: Hagamos.

Lo que el texto no enseña en el arte de presidir, o digamos en las reglas de gobernar, señores, es el señorearse del hombre por el hombre, pues si hay que enseñorearse debería hacerse sobre animales y demás cosas inferiores a almas sanas.

Como han de notar, escribo de un pueblo santo comunitario, de municipio o de ciudad que por voluntad de Dios, Jesucristo llamó “iglesia” en la cual por el Espíritu Santo se encumbra a Jesucristo como su propietario. Los embajadores del pueblo santo insistentemente buscan la reconciliación y en la reconciliación está: “hagamos”. Si la iglesia euroasiática del siglo del apóstol Pablo hubiera sido analfabeta, en vano se hubieran escrito todas esas cláusulas de ley que infieren unidad y cooperación. Hoy también se escribe para una sociedad letrada e intelectualizada, educada y tecnificada buscando en ella un avivamiento espiritual en la reflexión y en la cooperación. Emplumen pues, sus alas, para salir del nido y volar a las alturas donde vuela el águila; reciban el tórrido sol del mediodía para descongelar glaciares, y escuchen la voz dulce, elegante y vivificante de Jesucristo quien nos llama a la resurrección, a la fortificación y a la independencia.

Ciudadanos de diferentes nacionalidades, con variedad de creencias y por diferentes delincuencias están juntos en centros de detención, especialmente en los de la inmigración norteamericana; mas cautivos en gigantescas jaulas vigiladas por fuerzas policiales, superioridad de fuerza es la que les aglomera. No les une la voluntad, ni el amor, ni el deseo de celebrar; no es el propósito inteligente individual, no es la libertad ni Jesucristo quien les congrega. De ese modo no es la unidad de la iglesia. Una alma llamada de la jaula a la libertad, no teme a ninguna fuerza policial y esa es la individualidad que se desprende de ser a imágen y semejanza de Dios. ¡Libres!

En una inmensa marqueta de hielo en los mares glaciales, la fuerza del frío une cosas que no se mesclan entre sí, como la fruta con la carne, el mantecado (helado, icecream o sorbete) con el pescado, ripio de vidrio con el pan, un microbio con una medicina, un veneno con un alimento, y todos congelados ni se hacen bien ni se hacen mal. Pero una vez el hielo quede bajo la fuerza del tórrido sol, el frío suelta todo lo que atrapa y cada cosa libre se va en desorden por los mares. De ese modo no es la unidad de la iglesia. ¡Libertad y órden!

En un cementerio hay mausoleos, criptas, lápidas y cruces con diferentes epitafios. Las necrópolis de opulentes de la ciudad parecen mini-ciudades en un silencio lúgubre y fantasmal. Los panteones militares estadounidenses son miles de lápidas frías en disciplinada línea como viendo al azul de los cielos. Los campos santos de la pobretería son cruces a montón y desórden entre cardos y maleza, pero aunque muertos les llamen en cajitas de madera, transmutados viven, viven en gusanos y microbios del sombrío mundo oculto o viven en la savia del rosal o del maizal. En el cementerio no hay explotados ni explotadores. ¡Acabó el trabajo! No hay derrotas ni hay victorias. ¡Terminó la guerra! No hay diferencia de opiniones, controversias o disensiones ni pactos de paz; todos duermen y todos están unidos. De ese modo no es la unidad de la iglesia. ¡Libertad, órden y acción!

         La iglesia y dueño de ella no están enjaulados con barrotes de tradición, dogmáticos, ni con predicadores policiales quienes se enseñorean de las almas que cáen en sus jaulas.  ¿Qué le hace falta a una iglesia congelada? Le hace falta sol, fervor, libertad, amor y alegría. ¿Qué le hace falta a una iglesia llena de tumbas (huesos secos)? Necesita vida, trabajo, guerrear contra el enemigo y necesita un corazón sensible para tener misericordia. No. En la iglesia no hay enjaulados, congelados ni existencias sepulcrales.


Armando Mejía G.
megonar1@hotmail.com
 



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