|
Aun las cosas más elementales para la subsistencia no las puede alcanzar el ser humano sin la cooperación de sus semejantes. Por tanto, el hombre habiendo nacido de una Infalible Sociedad (Hagamos al hombre) de existencias celestiales, por naturaleza una criatura social que busca volver de donde vino; y más sociabilidad exhiben aquellos quienes recíproca relación con la Fuerza Creadora Tripartita, de los cuales los cristianos justos y piadosos en unidad son la señal luminosa ejemplar que Dios ha colocado frente a otras sociedades de humana estructuración.
Querer fundar una ciudad, un estado, una república o un dominio ideal han sido deseos puros de hombres célebres altruistas del ayer, quienes si desde al Hades pudieran ver hoy las tierras que habitaron, llorarían amargamente al observar el monstruoso e injusto mal social que ya hace llorar a gran parte de la población del mundo.
En ésta tierra el hombre siempre con tendencia, ha buscado un paraíso, los placenteros campos elíseos para oír la melodía de los ruiseñores, a cambio a cambio del lúgubre graznido de las lechuzas; donde pueda ver la gracia de los monos, a cambio de la cruel y sanguinaria maniobra de los leones; donde se escuche el alegre cántico de las calandrias, a cambio del melancólico lamento de las palomas; donde pueda contemplar la policromía del pavo real a cambio de la astucia del lobo rapaz. Un campo que fluya leche y miel, a cambio del brote de aguas amargas (Éxodo 15:23) y de víboras venenosas; un campo que del subsuelo suban como vapor los olores de la vida, a cambio de la pestilencia de los muertos en batalla en defensa de sus derechos.
Se llama “República” un libro de Platón en el cual Sócrates da a luz a la idea de un estado perfecto. Se especula que el famoso continente Atlántida fue tal estado ideal. En el siglo XV surge Tomás Moro con la narración de haber dado con la isla de UTOPÍA donde la vida es un placer al tener todas las cosas en común como la iglesia jerosolimitana del siglo primero. Le sigue el italiano Tomás Campanella quien en su libro “LA CIUDAD DEL SOL” aboga por una comunidad universal regida por la naturaleza y la razón, prueba científica en base a la representación mental y en base a la doctrina del cristianismo. En otro campo, dicen que odian tanto el oro, a tal grado que lo entierran para perderlo de vista. Las leyes, los abogados y el dinero son desconocidos. Las mujeres son tan bellas, tan bondadosas y tan puras, a tal grado que llenan todas las necesidades psíquicas y físicas de sus cónyuges, de modo que el adulterio es totalmente desconocido.
No es un pecado tener incorruptas aspiraciones. Todas las creaciones de grandeza primeramente vivieron en el mundo de las ideas. Dijo el alma a la mente: “Piensa”, y la mente pensó. Dijo el alma al pensamiento: “Trae una idea”, y el pensamiento dio a luz a una idea. El alma dice a la boca: “Describe la idea”, y la boca describe una idea. El alma dice a la mano: “Produce un trazo de la idea”, y la mano produce un trazo. Desde éste punto comienza a concretarse lo que en el pasado inmediato fue abstracto (idea). No. No es un pecado tener aspiraciones puras para la abolición de un mal social.
La fundación de la ciudad de CRISTIANÁPOLIS por inferencia encuentra su piedra angular en la Biblia (Hechos 4:32); y con la aspiración de buenas conciencias de justos y piadosos, de la Utopía podría ser posible pasar a lo concreto y voluntariamente formar una ciudad fiel, ciudad de justicia, ciudad de verdad, ciudad de Jehová, ciudad alegre (Salmos 46:4); la iglesia de Cristo.
Los pobladores del fabuloso continente perdido Atlántida se describen belicosos en guerra de conquista; Cristianápolis tendría habitantes pacíficos y pacifistas. En Utopía fue permitido el divorcio por causa de adulterio; en Cristianápolis no habría adulterios y por lo tanto no habría divorcios. En Ciudad del Sol toda pareja reproductiva es controlada por un gobierno humano; en Cristianápolis reproductivos o no, serían controlados por el gobierno de Dios. Sería una ciudad con el arte de alcanzar las metas usando los agentes apropiados; sería una ciudad con una medida de derechos iguales; sería una ciudad con una voluntad bien dispuesta a usar la sabiduría y la justicia y remover así los obstáculos que se le presenten; y sería una ciudad donde todas las virtudes del alma armonizarían para la unidad de sus habitantes. Sabiduría, Justicia, Voluntad y Templanza. Nada de Platón, nada de Carlos Marx, pero todo de Jesucristo. Es la mezcla de judíos y gentiles (La iglesia que nace 50 días después del día de resurrección como Cristianápolis). A lo mejor, el pujante avance debería de tener en una región, ha sido frenado por arraigadas tradiciones legalistas, por aristócratas medio oligarcas, o por santos hombres “inmaculados”, por obreros quienes han caído en las fauces del león rugiente y quizá por pesimistas empedernidos.
El tradicioso legalista ve a la iglesia jerosolimitana como una multitud de iglesias locales con pobreza extrema de miembros cadavéricos y eternamente vestidos de cilicio, y en su quimérica aspiración carece de heroísmo y fomenta la pluralidad de iglesias locales, porque la iglesia de Jerusalén, la de Hechos 4:32 es su ejemplo y “él habla donde la Biblia habla para callar donde ella calla”. ¡Qué ironía! ¿Dónde han visto que la iglesia estuvo fragmentada en congregaciones!
El aristócrata tiene abundancia de muebles e inmuebles, tiene muy refinada educación universitaria y tiene mayordomía sobre obreros. Acostumbrado a la mayordomía quiere usarla en la iglesia, e ir a mezclarse con un grupo social que carece de posesiones económicas y culturales y que no se deja manipular, se le hace carga pesada y se amuralla en su propio mundo de altos conceptos de sí mismo.
Los hombres inmaculados convierten sus casa de adoración en monasterios; no salen ni dejan salir, no hacen ni dejan hacer, no se gozan con los que se gozan ni lloran con los que lloran. Salen que allá está el que les cae mal, al norte está el adúltero, al sur está el estafador, al oriente el que tiene prácticas sectarias y al occidente está el hipócrita. ¡Penitentemente alabar a Dios con ellos, ni pensarlo!
El obrero que una vez cayó en las fauces del león rugiente, se esconde. Imagina que los que no saben perdonar se van a incomodar al verlo, y eso es: desconfianza contra desconfianza; piensa que en alguna canallada lo van a poner en vergüenza. Con sus complejos se encarcela en su propia casa o hace de la playa su favorito campo de recreo o se va de cacería. ¿Para qué he de ir a confraternizar, si en vez de gozar voy a sufrir? El cristiano pesimista tiene en sus ojos tristes proféticos, únicamente imperfecciones y fracasos. Dice: “Eso no les va salir bien, eso lo organizan hermanos incapaces, eso no lo apoyan fulano ni mengano, eso económicamente va a costar un gran dineral; y así enfría y congela su cooperación y con y con su pesimismo hasta congela otros corazones.
Han quedado abiertos los ojos, y ven ya algunos males sociales que han sido desembozados. Pueda ser que en cualquier región donde la iglesia esté en constante movimiento, se frene con los males puestos en evidencia.
Cristianápolis, aunque es un término utópico, es la ciudad terrena que muchos quisiéramos tener, pues sería enormemente superior a La Atlántida, a Utopía y a Ciudad del Sol.
Armando Mejía G. megonar1@hotmail.com
|