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PLURALIDAD DE MINISTROS EN UNA IGLESIA
Bajo el límpido azul de los cielos y bajo el parpadeante ojo de las estrellas hoy escribo. Sobre mesetas de sierras pobladas de inmensas árboledas y en las grandes planicies del planeta poblado de almas, hoy fluye mi hablar al pueblo que razona. En medio de millares de mortales juiciosos metropolitanos y aldeanos, peregrina un pueblo libre que no se le distingue su influencia. Es un pueblo que está seguro de ser sal y luz del mundo como sol del mediodía; pero, ¡qué extraño, que a las masas humanas metropolitanas y aldeanas, no les llega su brillo ni les calienta su férvido calor.
Ése es el pueblo que entrelazado con la Deidad omnipresente fue visto por el ojo del profeta de Dios mucho más fuerte y mucho más amplio que los imperios profanos babilónico, medo-persa, griego y romano (Daniel 2:44). Ése es el pueblo de humilde cuna que centralizado en su liturgia por un tiempo ocupó el corazón (zócalo) del Monte de Sion al convivir juntos perseverando unánimes cada día en el templo jerosolimitano. Ése es el escogido pueblo que por autoridad infalible es nombrado “... la plenitud de Aquel que todo lo llena en todo” (Efesios 1:23), y por tal motivo ha de amarse hasta la muerte.
De la regencia o directorado entre los mortales añadidos al pueblo de Dios, la plenitud que todo lo llena en todo; rotundamente se entiende que la dirección está formada por los que tienen cualidades naturales que hacen que se destaquen en el servicio a Dios, guías; y se entiende que un solo varón principal en la iglesia de una ciudad no llena el pedido de las leyes fundamentales en las Sagradas Escrituras para que él dirija. Arrastrados por las corrientes angloamericanas, a los dirigentes les ha gustado llamarse: líderes (lideraje, liderato, liderazgo) creyendo ellos que hablan donde la Biblia habla, sin darse cuenta que con ése anglicismo incurren a un rango innovador e innecesario. ¡Florido es nuestro lenguaje y nuestro texto sagrado para no prestar palabras!
Sin huir del término singular “iglesia” en Hechos 15:4. Sin hacer esfuerzos para adulterar ése texto para que se ajuste a los gustos distintos de los hombres, o, sin amoldarlo a las comodidades convencionales de los adoradores sin sacrificio alguno. Firmemente seguros que la iglesia del primer siglo es el arquetipo que imitan; entonces de muy buena fe o con honradez de noble, tendrán que admitir que la gran Jerusalén careció de congregaciones o de iglesias locales, y tendrán que aceptar que la fuerza directriz de la iglesia de la ciudad fue una pluralidad de santos hombres, al estar así especificado en el versículo de este segmento y en Gálatas 1:17 donde especifica a apóstoles como guías. Queda una iglesia en Jerusalén para cotejarla con iglesias del mundo.
En el parangón, yendo del Monte de Sion hacia el norte y hacia abajo después de 600 kilómetro aproximadamente, se llega a Antioquía de Siria. En la iglesia de la ciudad nos encontramos con una principalidad llamada: “profetas y maestros”, quizá chipriotas, quizá cirineos; sin dejar de mencionar a Saulo de Tarso, a Bernabé de Chipre, Simón el que se llama Niger, Lucio de la otrora provincia africana de Cirene, Manaén conocedor de la vida palaciega el que se había creado con Herodes el tetrarca, Silas ciudadano romano y otros muchos (Hechos 11:20; 13:1; 15:34 - 36).
Se destacan dos iglesias (una en Jerusalén y otra en Antioquía), que con la centralización de talentos o dirigentes, derrotaron la pobreza numérica y acabaron con la pobreza monetaria, y la Palabra de Dios las identifica para que todas las almas sin caprichos y rebeldías imiten tan loables ejemplos.
Los directorados o regencias modernas hispanohablantes de las llamadas “iglesias locales” en el perímetro de enormes ciudades, ya se dieron cuenta que el pobre sistema adoptado por tradiciones ha tenido un resultado negativo, sombrío y estéril para hacer que el pueblo de Dios sea como el ojo profético lo vio: con influencia, desmenuzador y consumidor de reinos; luciente y fogozo, y quizá se haya llegado la hora de una renovación vigoroza al plasmar las intendencias en una y centralizar la fuerza laboral, fuerza intelectual y pueblo grande que a Dios adora sin distinción de país como lo fueron los primeros cristianos, cuando juíos, sirios, chipriotas, cirineos y romanos trabajaron hombro a hombro sin preferencialismos, y como una sola alma, poniendo en alto relieve sus talentos adoraron en una sola iglesia en la legendaria Antioquía, al imitar éstos, a una iglesia ejemplar de la resonante Jerusalén.
No, perspicaz y listísimo lector: la iglesia no es un grupúsculo con tres o treinta almas atascadas en el conformismo y en riña unos con otros; no es enana al trabajar y demandar exigentemente de sus obreros justa productividad; no es tullida desahuciada en cama a la puerta de la fría morgue esperando quien la entierre; no es una pordiosera sosteniendose y alimentandose de la caridad pública profana; ni vive en la melancolía gruñendo y murmurando en contra de los que alcanzan innegables éxitos en Cristo. ¡Grande, alta, saludable, rica y alegre es ella al ojo del profeta!
Permitir a un cristiano con el rango de ministro o predicador “como el alto dignatario” de una iglesia aunque por años y años no hayan visto progreso alguno, es seña conocida que hay una deficiencia latente, y se requiere de la presencia valiente de un Tito levantado del pueblo por el Espíritu Santo, para que con sagrados estatutos, con solicitud, con amor y sabiduría haga correcciones en una amplia área tal como se le ordenó al Tito neotestamentario al ser puesto en la isla de Creta.
La grandeza, la altura, la salud, la fuerza, el crecimiento concreto y palpable y la riqueza de la iglesia está en la centralización de dirigentes para imitar a las dos iglesias de este breve discurso: “Pluralidad de Ministros en una Iglesia.
Armando Mejía G. megonar1@hotmail.com
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