Armando
Mejía G.

Sin ramas

UNA VIÑA SIN RAMAS SUPERFLUAS

         Han pasado ya nuchos años después del inicio del reino de Jesucristo con trono en los cielos y con súbditos en la tierra. Éste reino ha viajado con niños (porque de ellos es el reino de los cielos) por diferentes naciones y culturas del globo terráqueo, hasta que nosotros por gracia de Dios fuimos conquistados. Imposible es, que en la fuentes de contagio que han sido miles en pantanos del ángel caído, no haya adquirido un virus resistente que mantenga al cuerpo anémico y en enanismo, si lo comparamos con la población mundial. Al tratar de restaurar la salud eclesiástica, como es dicho que somos cuerpo, es preciso dejarnos examinar como el paciente que voluntariamente se sujeta al médico que lo atiende; y si el análisis del galeno dicta salud completa ¡que bueno! y si el cirujano diagnostica tratamiento, ¿por qué no aplicarlo?

         En la salubridad requerida habría que desaguar los viejos pozos con parásitos que a uno le quedan en la mente por haber cruzado en el viaje el mar de las herejías o los ríos de la apostasía. ¿Nó pasamos el atolladero del romanismo, por el charcal de Lutero, por el fango del presbiterianismo, por las estancadas aguas de los bautistas y por el cenagal insalubre del neopentecostalismo, para mencionar unas pocas? Sería menester deshacernos de la basura preconcebida en los sentidos por nuestras obstinaciones, defendiendo posturas indefendibles, y quitar el ripio que estorba la edificación de nuestros fundamentos en la roca de la verdad.

         ¡Mirad, pues, cómo el viñador, el cafetalero y el jardinero podan las ramas del viñedo, del cafetal y del jardín! USTED. ¿És usted el único que no tiene doctrinas preconcebidas y superfluas ramas que podar? ¿Nó se le ha pegado a usted por casualidad, el palmoteo y zapateo de los mal llamados carismáticos que fomentan el éxtasis en sus asambleas?

         Una vez, el rey Federico el Grande de Prusia visitó la prisión de Ptsdam. La población carcelaria conversando con él, toda manifestó ser inocente de los cargos acusatorios contra ellos. “Les felicito, -dijo el rey- de que todos sean tan puros”. Cuando faltaban pocos segundos para retirarse el rey, uno de los convictos exclamó: “¡Señor: Yo sí soy culpable, y la pena de muerte es mi merecido!” Ordenó el rey diciendo: “Para que no corrompa a tantos prisioneros puros, liberen a ése hombre”.

         Para restaurar la salud del reino de luz, también hay que estirpar tradiciones y podar preconcepciones porque hacen sombra ante el sol y la luna. La iglesia y la unidad de ella en una ciudad, de acuerdo a la Sagrada Escritura, no es un concepto, ni es una idea o una utopía; debería ser una realidad física, vista, audible y palpable. Así seremos al mundo un digno ejemplo y no una unidad hipotética escondiendo la realidad.


Armando Mejía G.
megonar1@hotmail.com
 



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