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SUBLIMIDAD DEL PUEBLO SANTO
Al querer encontrarle elegancia al pueblo santo y exteriorizarla, fundé mis razonamientos en las Sagradas Escrituras para el particular. De buenas a primeras descubrimos que Jesús perpétuamente habita en la iglesia, así como en el cuerpo humano existe la sangre, la vida. Jesús a la iglesia por tanto, la llena de vida que en lozanía sus miembros exhiben en el mundo; la colma con su fuerza, fuerza que con ternura persuade duros corazones; con su cuerpo y sangre la sustenta para que ella alcance altura, que se vea de todas las direcciones; con su gracia la embellece a lo sumo para ser apetecida por los que buscan redención; con su paz la llena de calma para no actuar con arrebatos cuando la provocan; y con su santidad le da brillo inapagable.
Dios con sus aguas llena los mares, con la vida orgánica de diferentes especies llena la tierra, con cuerpos estelares chicos y grandes llena los cielos, y la creación entera está llena de cosas bellas y útiles. Así la iglesia es lo máximo, la plenitud. La plenitud de aquel que todo lo llena en todo (Efesios 1:23).
En el acoplamiento de grandeza se superlativizan dos aserciones del Maestro: “Yo soy la luz del mundo y “vosotros sois la luz del mundo” (Juan 8:12 y Mateo 5:14).
Como sol de la mañana aparece la luz en el oriente, y a una velocidad de 299.793 kilómetros por segundo se dispara hacia los cielos en su aurora consumiendo tinieblas y apagando estrellas a su paso. Con su calor se despliega por los campos de la tierra haciendo vida primaveral y beneficiando toda especie de vida orgánica. Entre los nacidos de mujer descongela corazones y hace que el espíritu hierva. Si en la convinación con Jesús somos luz del mundo, ¿por qué entonces no crecemos a un ritmo de 299.793 kilómetros por segundo? Responda quien quiera y pueda, ¿hay algo más bello que la luz?
Persuadidos que amalgamados con Jesús somos gran luz, hoy, impulsado por el espíritu me dejo llevar a discurrir sobre templo. “Sois templo de Dios” afirmaba el apóstol Pablo (1 Corintios 3:16).
Ejemplificando la magnificencia del templo en Jerusalén cito 1 Crónicas 22:5: “Salomón mi hijo es muchacho y de tierna edad, y la casa que ha de edificar a Jehová ha de ser magnífica por excelencia, para nombre y honra en todas las naciones; ahora, pues, yo le prepararé lo necesario. Y David antes de su muerte hizo preparativos en gran abundancia”.
El templo en Jerusalén en sus diferentes etapas de historia llegó a ser una de las siete maravillas del mundo, y transferida al pueblo santo aquella grandiosidad, resplandecientes llegamos a una población o ciudad para ser admirados en nuestra conducta de edificarnos para ser templo santo en el Señor (Efesios 2:21).
Habiendo llegado esplenderosos como templo de Dios; en éste razonamiento soy conducido a reflexionar en una de las similitudes del reino del cual somos parte. “El reino de los cielos es semejante a un grano de mostaza” (Mateo 13:14).
El grano de mostaza, la más pequeña de todas las semillas, ilustra que el reino es una pequeñez; como un granito de arena en la selva donde no hay playas, o como una estrella errante fuera de la vía láctea. Al comenzar el reino no es distinguido en una sociedad, mayormente si se comienza en un tugurio del arrabal o si se comienza en una choza del poblacho. Mas sembrado el grano de mostaza en buena tierra y bien cuidado, éste llega a ser distinguido con un follaje hermoso como magnífico cedro, y en su frondocidad abastecedor hasta de gente extraña, en la parábola señalados como aves del cielo anidando en sus ramas.
De cosas pequeñas se hacen cosas grandes. Las playas se forman de granitos de arena y la galaxia de independientes estrellas. El grano de mostaza se hizo un bello follaje con abundancia de frutos y con hojas para sanidad de las naciones.
Luego que el pueblo santo es luz del mundo, esplendente templo y árbol de bello follaje, los tres llegan a concretarse en el cuerpo humano. “Y él es la cabeza del cuerpo que es la iglesia” (Colosenses 1:18).
Ninguna de las cosas creadas ilustra la unidad que como pueblo santo deberíamos tener, como lo ilustra la estructura del cuerpo humano. Inexplicablemente el Creador nos forma en el vientre de una madre, y al nacer como es lógico, nacemos un sólo cuerpo, concluyendo que el Creador en el vientre hizo ésa unidad. Después de nacidos, a ningún ser humano en la vida se le ocurre suprimirse una parte del cuerpo que no le guste. Llegamos a la vida con un cuerpo y con un cuerpo vamos a la muerte. ¡Inseparables! Esa es la forma de unidad que el Creador espera de la iglesia en una ciudad. Lo explica el apóstol Pablo en 1 Corintios 12:14-27. El cuerpo humano que es hecho con necesidades sociales busca la progresión del pueblo santo, progresión que hay que distinguir desde este punto.
Percibimos innegablemente que la estructura humana procede de una familia, y que por la necesidad urgente de asociación busca una familia con quien convivir. “Así que ya no sois extrajeros ni advenedizos, sino conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios" (Efesios 2:19).
¿Qué familia más alta que la familia de Dios podrá existir? Continuamente estamos ante su presencia oyendo su sabiduría y preceptos, en común comiendo sus manjares y bebiendo sus néctares, durmiendo y soñando en sus alcobas seguros que nos cuida en el reposo. En la familia se establece una íntima relación con el Padre, y como derivado, una íntima relación con su Hijo. “Pero Cristo como hijo sobre su casa, la cual casa somos nosotros, si mantenemos firme hasta el fin la confianza y el gloriarnos en la esperanza (Hebreos 3:6). ¿Podrá haber en el mundo una familia más noble que la familia de Dios? No obstante, a la familia de Dios en su ascenso se le demanda asociacióm para actos litúrgicos y ésto encierra el siguiente inciso.
Este inciso trata de: “Más vosotros sois real sacerdocio” (1 Pedro 2:9).
De las multitudes que sabiamente se instruyen en, y con las Sagradas Escrituras, casi nadie piensa en lo trascendental que el cargo o el gremio de sacerdontes tiene. Hay que hacer ver que el cargo o el conjunto de sacerdotes es llamado: real. Real señala aristocracia, monarquía, fastuosidad o grandiosidad para darnos a entender que oficiamos publicamente en altares palaciegos bajo un rey sobrehumano.
Primeramente en promesa se marca a los israelitas en general como vistiendo las insignias sacerdotales al decirles: “Y vosotros me seréis un reino de sacerdotes (Exodo 19:6). Después de las trece tribus de Israel se escoge una, la tribu de Leví, para que oficie en medio del pueblo escogido. Más tarde, como escogiendo lo mejor de lo mejor de la tribu de Leví, se escogen especialmente los que oficiarían en el altar. Éstos vestirían con suma elegancia y con perfumes de óleo e incienso en abundancia.
Transferido a nosotros el cargo y gremio por Jesucristo, llegamos a la sociedad para ser distinguidos en el culto a Dios. Clasificado el sacerdocio para actos ceremoniales en el templo o en un lugar preponderante, esto nos deja campo para hablar de la iglesia.
En el aumento estructural del pueblo santo se llega a meditar en la iglesia laica, iglesia idolátrica y quizá hasta atea. Por ser la iglesia el único reglamento secular arrancado de la sociedad griega e injertado en la nación de Israel, se deja el encabezado de este segmento sin texto inicial, pues, en la presciencia la iglesia no existió en la ley de Moisés, ni en las profecías de los profetas, ni en las predicciones sobrehumanas de los salmos.
Era la iglesia como una corte suprema de justicia donde los flamantes miembros juzgaban casos del pueblo y buscaban mejorías para los habitantes de la ciudad. Atenas fue la cuna de la iglesia profana de donde se disceminó por Palestina y demás regiones aledañas conquistadas por los helenos.
Jesucristo tuvo que conocer bien el mecanismo o la estructuración de aquella extraordinaria corporación que reemplazaría al Israel de Dios, y sin tanto argumento procedió a profetizar: “y sobre esta roca edificaré mi iglesia” (Mateo 16:18).
Espiritualizada, la iglesia era y es para considerar asuntos de la feligresía de una municipalidad como el ejemplo de la iglesia laica. Esa autonomía citadina la ejercieron los cristianos del siglo primero en todas partes desde Jerusalén hasta Roma, y sin duda una autonomía de ese modo causaría hoy gran impacto en la sociedad.
El pueblo de Dios sigue escalando elevación social en su estructura. “Mas vosotros sois nación santa” (1 Pedro 2:9).
Llámase nación aquella región donde sus habitantes se unen por el color de la piel que les caracteriza, la lengua que hablan y la cultura que profesan, distinguida mayormente por sus límites fronterizos. En la nación hay aldeas sumamente pequeñas y existen ciudades enormemente grandes. Son reconocidas éstas naciones por el auge social que en la historia hayan adquirido.
Grecia como nación sobresale por la cultura que ha diseminado por el mundo. Japón es conocido por la abnegación de sus habitantes e industria que cubre ya gran parte del mundo. Los Estados Unidos de Norteamérica se destacan en varios frentes: En el poderío militar, en el auge comercial y en el esplendor científico, para ser breve. Y cada nación pequeña o grande tiene un distintivo por el cual es conocida.
Siendo nosotros una nación como la Sagrada Escritura lo dice, tenemos que ir a la cabeza de algo para que nos reconozcan sin equivocación. Hemos sido puestos en medio del mundo para elevar todas las excelencias del Todopoderoso. Como Israel que no era nada sin Jehová y su ley, así nosotros no somos nada sin Jesucristo y su ley neotestamentaria. Siendo que en la nación hay ciudades; entonces en la nación hay una iglesia en cada ciudad.
Habiendo dicho previamente que en una nación hay aldeas y ciudades, ahora en la ascensión social del pueblo santo afirmo que en el reino hay naciones o regiones. “Así que, recibiendo nosotros un reino inconmovible (Hebreos 12:28).
El reino babilónico subyugó la nación de Israel, y esclavizados los hijos de Dios duramente sirvieron a los medos y a los persas. El reino griego, encabezado por Alejandro el Grande fue por el mundo devastando naciones, cayendo bajo su autoridad Palestina y multitud de naciones más. Modernamente el Reino Unido de Gran Bretaña abanderado por Su Majestad la reina Isabel, en lo que conocemos se extiende hasta Argentina con las Islas Malvinas, en Centroamérica con Belice y en Norteamérica con Canadá. ¿Tres grandes regiones en América, y Gran Bretaña está en Europa? A ese sistema de gobierno con una capital y una monarquía llaman reino.
Hemos recibido un reino extenso con una capital y monarca en los cielos que debería hacerse sentir en las repúblicas. Pudrieron las bases y cayeron el reino medo-persa y el reino griego, pero el reino que hemos recibido es inconmovible y en todos los aspectos de nuestra vida deberíamos honrarlo.
En la ascendencia social que he venido demostrando hice ver que naciones y regiones bajo una capital y monarca forman un reino. Pero el reino, ¿bajo qué autoridad está sujeto? “Lo dilatado de su imperio y la paz no tendrá límite” (Isaías 9:7).
El imperio es una organización política superior en dignidad al reino o monarquía. Las sociedades del antaño estaban acostumbradas a tener un régimen imperial. Abarcaban grandes extensiones geográficas bajo sus dominios, como los romanos que se extendían hasta España y Gran Bretaña en Europa y al occidente y hasta Fenicia (Israel) y el Ponto en Asia al Oriente; Polonia al norte y países africanos al sur. Al parecer los imperios no tenía límite. El imperio español se extendió desde Europa hasta tierras de los mayas y los hincas.
Es alentador darnos cuenta que somos un imperio. Un pueblo imperial se infiere en las promesas a Abrahán desde Génesis 17:19 y demás promisiones. Un pueblo imperial se induce de Mateo 28:18 y 19. Un pueblo imperial se desprende de 1 Corintios 15:28 y Apocalípsis 11:15. Por ello mi orgullo al escribir de la sublimidad de nuestro pueblo y darle la elegancia que merece.
Armando Mejía G. megonar1@hotmail.com
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