Armando
Mejía G.

Teoupolis

  Los parajes terráqueos donde Dios frecuenta en plan de tener momentos de placer, han sido y son campos prodigiosamente fantásticos. NO OBSTANTE PARA él no serían áreas de placer si estos parajes carecieran de la presencia de hombres y mujeres llenos de gracia.

  Dios en las indescriptibles formas de obrar, sin descuidar los ámbitos inmaculados sidéreos, hace acto de presencia en la tierra para ser Instructor Arquitecto, constructor y sostén en el arte de construcción y en la ciencia de la decoración y la belleza. “Todo árbol delicioso a la vista” es un renglón de mucho alcance.
  Cabe ahí el laurel de follaje siempre verde al lado del flamboyán temporalmente florido con pétalos que parecen fuego. Contribuye en la belleza el manzano de apetecibles frutos junto al papayo con su tallo cargado de dulce primicias. La floresta es un manjar para la visión del poeta, del pintor, del perfumista, del confeccionador y del obrero común porque para eso Dios la hizo nacer (Génesis 2:9). Es un terreno sublime que inspira confianza porque la honradez rige a los moradores y en él Dios da sus paseos; estado altar que bien merece ser llamado “TEOÚPOLIS” (Génesis 3:8).
   50 días después de la resurrección de Jesucristo nace la iglesia en Jerusalén.

  Al contemplar las escenas en predios geográficos donde Dios ha habitado, el espectador no puede más que quedar estupefacto con el esplendor que emiten. Ahí protagonizan sacerdotes de una casta especial vestidos con gran elegancia donde predominan los colores encendidos: azul, morado, rojo, el amarillo noble del oro y el primoroso blancor del lino fino. Aportan su granito de arena los sabios expertos en la costura, hábiles carpinteros, versados en joyería u orfebres y técnicos en el arte de la perfumería no faltaron en aquellos perímetros. La fragancia de sus perfumes y el de las gomorresinas en sus ceremonias llegaba a narices a gran distancia para dar realce al asombro. La misma preciosidad sacerdotal y de sabios ofrecía el tabernáculo de reunión, con la gala de cortinas inigualables, con decoración de cuadros impresionantes, con muebles de preciosas maderas todo cubierto de oro fino, sin faltar la abundancia de costosas gemas. “Allí habitaré en medio de ellos”- dice Jehová (Éxodo 25:8) Ellos y Jehová forman una Teoúpolis en medio de la inmensidad de un desierto.
  El primer plenilunio del equinoccio de primavera (21 de marzo),  muere Jesucristo para comprar la iglesia. Los años judíos siempre comienzan con luna nueva.

   Aproximadamente cuatrocientos ochenta y siete años después del primerísimo tabernáculo; con mayor esplendidez en tiempos de Salomón se eleva en Jerusalén el arquitectónico templo donde los ojos y corazón de Dios hacían acto de presencia para ver las gracias de su pueblo (1 Reyes 9:3).
  Este año el aniversario de la iglesia de Cristo se celebraría el 27 de mayo (2007).

   En Turquía se yergue una ciudad que hoy le dan el nombre de “Antakya”, ciudad de gran relevancia en la historia asiática, como también sobresale en las páginas del Nuevo Testamento. Situada más o menos de setecientos cincuenta kilómetros al norte de Jerusalén, Antakya es la antigua Antioquia que tubo una floreciente iglesia de Cristo en la época del apóstol Pablo. Fue ahí donde diez años más o menos después del inicio del reino de Cristo, los súbditos en él fueron llamados por primera vez: “Cristianos”. La de Antioquia fue y es una sola iglesia local en el condado o municipio engalanada de gloria por haber puesto en práctica las enseñanzas de de evangelistas unionistas. Ornamentada Antioquia también por fértiles planicies, bellas alamedas, copiosos manantiales y en la cuenca del río Orontes, así gozó de gran esplendor. Justino I, un emperador bizantino, al tomar con heroísmo la ciudad de Antioquia de manos de los iraníes quienes la habían capturado; en el siglo quinto después de Cristo le dio un nuevo nombre de honra, a saber: Teoúpolis, es decir: “Ciudad de Dios”. Siendo Teoúpolis de singular belleza y con una iglesia de Cristo (no despedazada en congregaciones) ejemplarmente militante, Pablo no escatimó reunirse con ella por un lapso de un año donde su oficio fue enseñar a muchas gentes (Hechos 11:26). En tan excelso lugar donde Dios vive, pasea y rige no hay temor de ser con él conciudadanos de influencia.
  Fue en una primavera que el pueblo de la esclavitud sale de Egipto. Fue en una primavera  que los llamados fuera (Ekklesía) nacimos en Jerusalén cuando trigales y cebadales comenzaban a dar frutos y cunando los rosales florecían.

  Conciudadanos de elegancia espiritual son los protagonistas hoy en la iglesia del Dios Viviente. Ella es deliciosa a la vista de Dios y deliciosa a la vista de humanos de buen gusto. Es ella el tabernáculo fascinante, en contraste con mundo árido de sin sabores y hasta en porquerías y en muladares. Ella ha reemplazado la ostentosidad de los templos de marmolería como el salomónico y el herodiano, y debería manifestar ella, pulcritud y jubilosos semblantes físicos, porque Dios y Salomón no han hecho templecillos que den tristeza en arrabales y suburbios de mala muerte.


Armando Mejía G.
megonar1@hotmail.com
 



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